La crisis que nadie te explica

Empecé un nuevo trabajo freelance. No es lo que esperaba, pero creo que está bien. No es algo que me emocione profundamente, pero tampoco lo rechazo. A veces la vida es así: no siempre llegamos a donde queremos, sino a donde podemos sostenernos por ahora.
Por otro lado, también fue mi aniversario, el 8 de enero. Se podría decir que fue dentro de lo normal. La pasé bonito al inicio y, para no perder la costumbre, discutimos por cosas muy vanales. Nada realmente grave. Al final, dentro de todo, la pasamos bien. Supongo que incluso eso forma parte de las relaciones: aprender a convivir con los desacuerdos pequeños, con lo cotidiano, con lo imperfecto.
Retomando el tema del trabajo, hay algo que no deja de rondarme la cabeza. ¿A alguien más le pasa sentirse insatisfecho con lo que hace? No porque sea un mal trabajo, sino porque sientes que no estás explotando todo tu potencial. Te toca quedarte haciendo una labor específica, cumplirla, hacerla bien, pero no te quieren sacar de ahí. Como si el resto de tus capacidades no existiera.
No me quejo, y lo digo de verdad. Gracias a este trabajo puedo poner un plato de comida en mi mesa y tener una calidad de vida cómoda junto a mi familia. Eso no es poco. Soy consciente de ello. Estoy agradecida. Pero aun así, me gustaría hacer más. Sentir que avanzo hacia algo que también me represente.
No quiero compararme, sé que no es lo correcto, pero a veces es inevitable. Veo los perfiles de mis compañeros y veo que muchos se dedican a lo que todos estudiamos. Yo me demoré, es cierto, en los trámites, en los procesos, en los tiempos. Quizá hoy gano un poco más que ellos, estoy cómoda, estable, pero aun así hay algo que no termina de encajar. Tal vez eso de querer lo que no tenemos y luego extrañar lo que teníamos sea una de las cosas que mejor caracteriza al ser humano.
Anoche no pude dormir.
Pensaba en qué estoy haciendo con mi vida, en el pasar de los días, los años y las horas, y en cómo muchas veces siento que solo soy espectadora de las cosas que quiero hacer. Como si la vida avanzara frente a mí y yo estuviera mirando desde afuera, esperando el momento correcto que nunca termina de llegar.
En mi interior hay algo que grita. No pidiendo lástima ni atención, no es un problema de autoestima. Es simplemente querer más. Es querer demostrar, decir en voz alta —aunque sea para mí— que yo también puedo hacerlo. Que soy capaz. Que no estoy aquí solo para cumplir lo que me encargan. Pero esa oportunidad aún no se da.
Todo suena a queja, ¿verdad?
A veces también lo siento así. Y entonces me pregunto si será la famosa crisis de los 20.
Según internet, la crisis de los 20 —o crisis del cuarto de vida— es un periodo de incertidumbre, ansiedad y confusión que muchos jóvenes experimentan al entrar en la adultez, entre los 20 y 30 años, enfrentando presiones sobre la carrera, la independencia y el propósito vital. Con esa pequeña descripción, puedo decir que sí, estoy en esa etapa. Y no puedo evitar preguntarme cuántos más estarán pasando por lo mismo sin decirlo en voz alta.
A veces solo quisiera fumar un cigarro en silencio. Y sí, ese es mi vicio, uno que adquirí en algún momento de mi vida. Mientras lo pienso, no puedo dejar de preguntarme en qué momento todo empezó a ir cuesta abajo o, como diríamos criollamente, en qué momento la jodí.
La respuesta, en el fondo, la sé. Solo no sé en qué dejé de pensar. No tengo recuerdos claros de esa etapa de mi vida. Es como si mi cerebro hubiera dicho: “esto no lo necesitamos, mejor olvidar”. Y así estuve, viviendo sin acordarme bien de las cosas, funcionando en automático, hasta hace poco.
Hace poco estuve tranquila. Y de la nada volvieron las interrogantes. Volvieron los malos sabores. Las preguntas incómodas que no avisan y que no siempre tienen respuesta. Esa sensación extraña de estar agradecida por lo que tengo, pero inquieta por todo lo que aún no soy.

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